RESUMEN DE ASI HABLABA ZARATUSTRA - Friedrich Nietzsche

Argumento de "ASI HABLABA ZARATUSTRA", libro de Friedrich Nietzsche.
Cuando contaba con treinta años, Zaratustra —legendario filósofo persa, cuyo nombre en español es Zoroastro, quien se cree vivió en el siglo VI a. C.

Decide retirarse a la soledad de la montaña, acompañado solamente por sus dos animales heráldicos: el águila, que simboliza el orgullo, y la serpiente, la sabiduría.

Durante su voluntario retiro, adquiere conocimiento y un día considera que ha llegado el momento de bajar a predicar a los hombres.
Al llegar a la ciudad, encuentra al pueblo reunido en el mercado y "comete la gran tontería" de hablar a todos, que es como no hablar. Su fracaso es total y el pueblo se burla de él.

Desde entonces, por lo tanto, Zaratustra buscará discípulos a quienes dirigir sus discursos, que en esencia son desafíos a los antiguos ideales y creencias.
El tema central de la primera parte es la muerte de Dios, ser cuyo peso —dice— ya no debe abrumar al hombre a fin de ser libre para conquistar, no "el otro mundo", sino este mundo suyo.

Luego de explicar de qué manera debe realizarse la evolución del espíritu humano (las tres transformaciones), siguen disertaciones donde ataca las virtudes que actúan como adormideras de esa evolución: "la tranquila somnolencia de la moral", la aridez libresca de una cultura sedentaria, el ascetismo, etc.; en cambio, exalta la guerra, la amistad, la vida, conceptos con sentido en sí mismos y, en fin, la generosidad de la sana virtud dada.
Al terminar la primera serie de sus discursos, Zaratustra se despide de sus discípulos y vuelve nuevamente a la soledad de las montañas.

Sus últimas palabras son: "Muertos están todos los dioses; ahora queremos que viva el superhombre."
Después de meses y años, Zaratustra vuelve a predicar.

El tema básico de la segunda parte es la voluntad de poder, por ello, al principio ataca a quienes se oponen a esa voluntad: los compasivos, los sacerdotes, los virtuosos, los sabios famosos, la chusma, los poetas.

Todos ellos —dice— sienten aversión por la vida; están dominados por el espíritu de la venganza.

Y luego de algunos capítulos de tono lírico, aparece un esbozo del hombre liberado de ese espíritu vengativo.

El capítulo final de esta parte hace emerger, como un monstruo, el pensamiento del eterno retorno, a desarrollar en su siguiente prédica. Por la noche, de nuevo se retira solitario.
El tema de la tercera parte es, como se ha adelantado, el pensamiento del eterno retorno.

Zaratustra se embarca y, durante la travesía, narra a los marineros su sueño más reciente "de la visión y del enigma", que produce un terror especial por el misterio y por su significado inefable, inexpresable.

Mezclado con frecuentes intermedios líricos de gran valor poético, este pensamiento del eterno retorno aflora una y otra vez en esta parte.

Zaratustra celebra ahora la inconsciencia de la felicidad, canta las potencias naturales y la victoria sobre la melancolía, pide a los hombres despojarse de su "gravedad" y, finalmente, dicta sus nuevas tablas de valores, que derriban los antiguos conceptos sobre el bien y el mal e invoca a la eternidad en nombre de la alegría.
Muchos años y muchas lunas han pasado sobre el alma de Zaratus¬tra cuando comienza la cuarta parte. De nuevo está en la soledad de su caverna; sus cabellos se han vuelto blancos.

De pronto llega a él un grito de angustia: procede de criaturas, símbolos de antiguos valores ya caducos: un adivino (el tedio de la vida), los reyes (la falsedad del poder), un "concienzudo del espíritu» (el veneno del positivismo), un mago (la fantasía esclavizante), un papa errabundo (la muerte de Dios), el más feo de los hombres (el rencor asesino de Dios), un mendigo voluntario (la búsqueda de la felicidad), el viajero y la sombra.

Zaratustra saluda a éstos, los hombres superiores, y celebra con ellos “La cena” y “La fiesta del asno”. Sin embargo, pronto se sienten presos de una duda angustiosa. Zaratustra no experimenta compasión por ellos y los expulsa.

No es a ellos a quienes aguarda en sus montañas; entona entonces un canto de embriaguez, de afirmación y de fe en el eterno retorno, donde invoca "la profunda eternidad".

Y luego, en la radiante mañana, superada su última tentación, Zaratustra abandona su caverna y parte con destino desconocido, "ardiente y fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas".


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