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RESUMEN DE LA OBRA LITERARIA "PLENILUNIO" 
- Antonio Muñoz Molina -
Argumento de "Plenilunio", libro de Antonio Muñoz Molina.
En una ciudad de provincias una niña de nueve años es violada y asesinada. 

Este asesinato se convertirá en un acontecimiento mediático y producirá un hondo desasosiego en los ciudadanos; entre ellos se escondía el asesino. 

El encargo de encontrar al asesino de Fátima, que andaba suelto por la calle, tan tranquilo, sin pena ni culpa, era un inspector llegado del norte, poco antes de que se produjese el caso. 

El inspector fuera trasladado desde el País Vasco debido a continúas amenazas, tanto a él como a su esposa, la cual, en buena parte, acabó trastornada psicológicamente, por lo que tuvo que ser ingresada en un manicomio. 

El inspector no vivía más que para encontrar al asesino de Fátima. Mientras, el asesino, se paseaba por delante de las narices del inspector, de la policía, le gustaba pasarse por delante de la comisaría, siempre con un recochineo interior por ser él el que todos buscaban, del que todo el mundo hablaba y maldecía. Era pescadero de profesión, pero sólo porque no le había quedado más remedio. 

Sus padres no habían podido proporcionarle una educación, por lo que él mismo tuvo que apañárselas como buenamente pudo. 

Se pasaba el día trabajando, sumergido en un trabajo que no le llenaba, es más, un oficio que detestaba con todas sus fuerzas; no soportaba el olor de sus manos, siempre oliendo a pescado, recordándole a él y a todos lo que era, y por mucho que frotase, a pesar de su obsesión con la higiene corporal, no podía quitar ese tufo adherido a sus manos. 

A mayores, guardaba un profundo rencor hacia sus padres, en especial a su padre que le daba asco, a los cuales interiormente señalaba como culpables de su desdicha. De aproximadamente unos veintidós años, el asesino de Fátima desde siempre tuvo problemas de tipo sexual: era impotente. 

En la mili sus compañeros se mofaban del tamaño de su miembro viril, hasta las prostitutas a las que había acudido de cuando en cuando se reían en su cara, por lo tanto, su único refugio eran las películas porno o las revistas pornográficas que ya lo habían acompañado a lo largo de su adolescencia. 

Actuaba dejándose llevar, teniendo siempre en cuenta la importancia del tiempo, sabiendo que un segundo puede cambiarlo todo; era consciente de ello. También mató a Fátima dejándose llevar por sus instintos. Y no le remordía la conciencia, no le pesaba la culpa. Todo lo contrario. 

El inspector entabló relación, a consecuencia del crimen, con Susana Grey, la que era maestra de la niña. Susana Grey, representada como la mujer liberal, divorciado con un hijo, se convertirá en la amante del inspector. 

Será abandonada, una vez más después de doce años de soledad, por el inspector, que siente sobre el peso de la conciencia el deber de quedarse con su esposa, la cual regresa a casa tras haber permanecido varios meses ingresada. También entabla relación con el forense Ferreras, encargado de la inspección de Fátima, comprometido asimismo con el caso, aunque no obsesivamente como el inspector. 

Con motivo de su regreso a la ciudad, decide ir a visitar al Padre Orduña, el encargado del orfanato en el que pasó parte de su niñez y adolescencia, después de que sus padres lo hubieran abandonado: primero su padre, después su madre. Con este reencuentro el Padre Orduña le servirá como guía espiritual, le guiará en la búsqueda del asesino alentando a buscarlo en la mirada, entre la multitud.

 Una noche, de luna llena, el asesino de Fátima vuelve a actuar: repite todas y cada una de las acciones ejecutadas dos meses antes. El mismo bar, la misma consumición, el mismo trayecto, llena la luna de igual forma esa noche, pero no el mismo portal, pero sí también una niña, Paula, su próxima víctima. 

La acorrala en el ascensor, la atemoriza con la navaja, la misma que del mismo modo despertó pavor en Fátima, y acto seguido la llevó al descampado. Es la misma historia. La intentó violar, no pudo, es lo que tiene la impotencia, la quiso callar para siempre. Empleó las bragas de la niña como herramienta para matarla; asfixiarla. 

Al contario de Fátima, Paula no murió, sino que simple y afortunadamente perdió la conciencia durante unas horas. Él la dejó allí, creyendo a ciencia cierta que estaba muerta. Fue mayormente gracias a esta niña, Paula, y también a la luna llena por lo que el inspector logró capturar al asesino, resolver el caso, que lo desvelaba, el que tantos quebraderos de cabeza le había dado durante meses.

 El asesino alegó en su defensa locura, llegó a decir que él no había sido el que actuaba, el que decidía sobre las acciones ejecutadas por sus manos, señaló que ellas se movían solas, que fue algo que no pudo controlar. 

Argumentó que había estado poseído por el mismísimo diablo. Todos sabían que en un par de años él volvería a estar en la calle, al acecho, como si nada, como si unos pocos años de cárcel fueran suficientes para recompensar la muerte de Fátima… para equilibrar la balanza. Lo peor: lo volvería hacer, posiblemente. 

El inspector descubre no sólo el caso, sino su pasado: de esa revelación se encarga el Padre Orduña. Su mujer vuelve al hogar, expulsa a Susana Grey de su vida. Su final es la muerte: integrantes del grupo terrorista ETA, los mismos que lo habían estado atormentando en el norte a él y a su mujer, supieron de su paradero gracias a la repercusión mediática que tuvo el caso de la niña. 

Lo vigilaron durante largos meses, estudiando cada uno de sus movimientos hasta que se decidieron a actuar, a darle un fin a la historia.
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